Clinical Research Insider

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La ética científica desde la literatura

Por: Humberto Orígenes Romero Porras*

Dos clásicos de la literatura inglesa poseen un argumento que radica en el dilema ético de un científico: Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), de Mary Shelley y El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1886) de Robert Louis Stevenson. En ambos textos los experimentos de un hombre de ciencia se salen de control, la ambición consume al creador, quien se verá enfrentado por su creación.

“Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson” escribió Borges en Borges y yo(1). La relación del argentino con el novelista escocés es profunda, al grado de considerarlo un “cierto amigo muy querido que la literatura me ha dado” en el prólogo a Elogio de la sombra.

Tan importante es el vínculo que Daniel Balderston(2) considera al autor de La isla del tesoro como un precursor velado del autor sudamericano. Las veinte menciones al apellido Stevenson que aparecen sobre todo en los prólogos de las Obras completas(3) de Jorge Luis Borges dan fe de esta devoción. En un enorme homenaje a la dualidad de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Jorge Luis Borges se transforma a sí mismo en un personaje de Stevenson, incapaz de distinguir entre un Borges y otro. Borges y yo termina con la frase “No sé cuál de los dos escribe esta página.”

La historia de Stevenson puede funcionar como relato policial, pues comienza con un abogado que investiga la relación del tenebroso Mr. Hyde con su amigo, el desaparecido Henry Jekyll, renombrado médico, cuya casa es ocupada por Edward Hyde y culmina con el relato del propio Jekyll sobre lo sucedido. Henry Jekyll trataba de crear una sustancia que separara el mal del bien en cada persona. Un experimento acorde con el sentir de la época(4), lo cual es claro, pues Mary Shelley aborda el tema de la manipulación del espíritu como parte de las aspiraciones científicas. El Dr. Jekyll se funde en su creación: Ha transcurrido casi una semana y estoy dando fin a esta confesión bajo la influencia de la última dosis de la sal primera. A menos, pues, de un milagro es esta la última vez que Henry Jekyll podrá pensar con sus propios pensamientos y ver en el espejo su propio rostro (¡qué tristemente cambiado!). Mientras que la creación odia a su creador, un elemento en común con el monstruo de la novela de Shelley: El odio que Hyde sentía contra Jekyll era distinto.

Su terror de ir a parar a la horca lo arrastraba constantemente a cometer un suicidio temporal, volviendo a ocupar su lugar subalterno como parte de un todo, en vez de ser una persona completa. Jekyll, como hará el Dr. Frankenstein, confiesa el crimen de haber jugado a ser Dios. Ambos se arrepienten del daño que sus experimentos pudieran causar a la humanidad. ¿Morirá Hyde en el cadalso? ¿O encontrará en sí mismo el valor suficiente para liberarse de sí mismo en el último instante? Dios lo sabe; a mí me tiene sin cuidado; esta es la hora verdadera de mi muerte y lo que venga después concierne a otro y no a mí mismo. Y por eso, al dejar la pluma encima de la mesa y proceder a lacrar mi confesión, pongo fin también a la vida del desdichado Henry Jekyll.

Mary Wollstonecraft Godwin, quien adoptó el apellido de su marido, el poeta Percy Bysshe Shelley, escribió Frankenstein o el moderno Prometeo en Suiza, mientras vacacionaba al lado de Shelley y Lord Byron en 1818. Ya el título tiene la metáfora: un científico que, como el Prometeo griego, desafía a los dioses. La obra de Shelley se adapta a la ciencia de la época: “El suceso en el cual se fundamenta este relato imaginario ha sido considerado por el doctor Darwin y otros fisiólogos alemanes como no del todo imposible” dice en el prólogo a Frankenstein. Este Darwin no es Charles, si no su abuelo, Erasmus, cuyos experimentos de galvanismo fueron la base para la novela de Shelley, cuyo personaje es traído a la vida mediante la electricidad, como propusiera el italiano Galvani. El monstruo desarrolla un odio tremendo hacia Frankenstein debido a una “condición de Adán sin pareja”, como dice José de la Colina(5).

El monstruo le pide a su creador una compañera, que es creada pero luego destruida por el científico arrepentido. Así, la historia, que en realidad comienza in media res, con el Dr. Frankenstein persiguiendo a su creatura en la Antártida, aborda temas como el bien y el mal, el miedo a la soledad y la irresponsabilidad científica. Viktor Frankenstein, científico ansioso de reconocimiento, une fragmentos de cadáveres para lograr uno de los mayores sueños de la ciencia: crear vida. Sin embargo, todo se sale de control pues, como el biólogo mexicano Antonio Lazcano acierta “la electricidad no es el sustituto del alma”(6).

*Humberto Orígenes Romero Porras: Egresado de la Licenciatura en Historia por la Universidad de Guadalajara, exatleta paralímpico (2006-2017), medallista en Juegos Parapanamericanos Toronto 2015. Interesado en la relación de la historia con la literatura y del fútbol por escrito. Partidario de las causas justas.

Referencias:

1. El hacedor (1960).
2. Daniel Balderston considera al autor de La isla del tesoro como un precursor velado del autor sudamericano. Balderston recuerda que hay un “nombre [que] reaparece insistentemente como el de su maestro: Robert Louis Stevenson.” Quien es citado como influencia de la Historia universal de la infamia por el propio autor. El precursor velado: R. L. Stevenson en la obra de Borges. Introducción. Borges Studies Online. On line. J. L. Borges Center for Studies & Documentation. Internet: (http://www.borges.pitt.edu/bsol/dbi.php).
3. Obras Completas (1974) Emecé Editores, S.A, Buenos Aires, Argentina (14a edición, 1984)
4. El Dr. Antonio Lazcano Araujo, en la conferencia ¡Frankenstein (y la biología)! recuerda el caso del ladrón Matthew Clydesdale a quien intentan revivir con electricidad. https://www.youtube.com/watch?v=-UkxZLuPozw
5. https://www.letraslibres.com/mexico-espana/la-mama-del-monstruo-frankenstein

6. https://www.youtube.com/watch?v=-UkxZLuPozw

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