Clinical Research Insider

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Nuestras Jaulas

Por: Dante Alducin*

“Kif, good quality, cheap, good deal my friend…”. Mi nuevo amigo, quien se presentó a sí mismo como Hassan, llevaba lo que me pareció una eternidad intentando venderme su precioso kif cuando me vio sentado en un café en Chefchaouen, un pueblo en las montañas del Rif en Marruecos.

El kif, mejor conocido como hachís, es lo que se podría identificar como la resina del cannabis y se diferencia de la marihuana porque ésta última es más bien la hoja seca de la planta y por lo tanto menos potente. Es una pasta marrón que por lo general se fuma y en algunos casos se come tal como los famosos brownies preparados.

“Shukran Hassan, Shukran”. Habitualmente estas son palabras mágicas en el Norte de África si lo que quieres es deshacerte de un vendedor que no te deja en paz, lo cual sucede bastante a menudo.

Pero Hassan era muy persistente y con toda razón, pues la zona del Rif en Marruecos es conocida por ser la principal zona productora del hachís que llega a Europa. Chefchaouen, mención aparte de todas sus peculiaridades culturales, es una de las mecas de los aficionados a este derivado del cannabis. Así que, vendedores como Hassan se lanzan a las calles a buscar compradores extranjeros que van con tales fines.

Por supuesto, es ilegal, pero las autoridades suelen hacer la vista gorda en ciertas zonas como es el caso de Chefchaouen, sin embargo, en el resto de la región esto provoca inestabilidad e inseguridad, como es el caso de Ketama, un pueblo al que me disuadieron a ir los locales y al que frecuentan los fumadores europeos más “hardcore”.

Cuenta la leyenda que la palabra “Asesino” proviene del árabe “Hashshashin” o fumador de hachís, como se le conocía a una secta de musulmanes Ismaelitas en lo que hoy se conoce como Irán. Se decía que secuestraban niños a quienes hacían adictos a esta droga y los volvían máquinas de matar.

Es poco probable que sus efectos los convirtieran en ángeles de la muerte pues el Tetrahidrocannabinol o THC, que es el principio activo del cannabis, produce más bien efectos relajantes y somnolencia. Pero la suerte ya estaba echada para el hachís, que como otras sustancias consideradas adictivas han ido y venido en su aceptación a lo largo de los siglos. 

Lo interesante es preguntarse si vale la pena la prohibición tanto en Marruecos como en el resto del mundo porque resulta que cada persona puede inventarse sus propias adicciones: ludopatía, alcoholismo, adicción al sexo, tabaquismo, adicción al trabajo…

Parte del estigma que cargan este tipo de sustancias viene de los primeros estudios en ratas donde su adicción crecía sin freno, excepto por un pequeño detalle: las ratas estaban solas en su jaula, no tenían más que hacer, más que drogarse.

Cuando el experimento se repitió mucho tiempo después con ratas en grupos la situación cambió: una abrumadora mayoría prefirió la interacción social al consumo de sustancias adictivas. Con esto no pretendo simplificar un problema tan complejo como son las adicciones, pero sí examinar el tipo de sociedad donde vivimos y, las exigencias que se nos imponen, pues en muchos casos equivalen a una jaula solitaria.

¿Por qué razón trabajamos hasta el agotamiento crónico?, ¿por qué tomar alcohol a morir?, ¿por qué fumar es cool?, ¿es necesario comer frituras solo porque son comida típica?

Depresión, violencia, burnouts, diabetes, hipertensión y tantas otras consecuencias de nuestras adicciones a la vida en piloto automático, hacen ver los efectos del hachís pequeños y, sin embargo, se estigmatiza públicamente.

Viene la era del cannabis, adelante con eso. A mí más bien me preocuparía tener una vida más equilibrada y humana, dejar de matarnos por exigencias ajenas y disfrutar la vida.

*Dante Alducin, Q.F.B. con el programa Specialization in Leading People and Teams por la Universidad de Michigan. Tiene 12 años de experiencia en Investigación Clínica. Fundador de Blast! Academy y conductor del podcast Ruido Blast!

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