Clinical Research Insider

Lo que no tiene nombre. Un efecto secundario 

Por: Lic. Orígenes Romero

Piedad Bonett, autora colombiana, narra en Lo que no tiene nombre la historia de Daniel, un joven artista que se arrojó del quinto piso de un edificio en Nueva York, el sábado 14 de mayo de 2011, a la una y diez de la tarde. Daniel tenía veintiocho años y llevaba diez meses estudiando una maestría en la Universidad de Columbia. Su primer apellido era Segura y el segundo era Bonett. 

Como las palabra “cáncer” o “VIH” en las obras de Susan Sontag, Bonett no teme llamarle suicidio a la muerte de su propio hijo. Como poeta que es, Bonett entiende la relevancia de lo sensorial: “La vida es física”, dice, como evitándose la palabrería metafísica que no alcanza a llenar el vacío que deja la muerte de un ser querido. La autora concluye que “frente al dolor de la muerte de un hijo todas las mistificaciones literarias carecen de sentido”.

Ante la pérdida, la autora, prescindiendo de esa metafísica literaria, se centra en lo material: “la verdadera vida es física, y lo que la muerte se lleva es un cuerpo y un rostro irrepetibles: el alma que es el cuerpo”. Cruza ese terreno donde desvanece el idealismo y surge la carne: “el lenguaje nos remite a una realidad que la mente no puede comprender”. La autora pasa por el tamiz del papel esa realidad que, de tan atroz, pareciera ficción. Bonett escribe para que su hijo vuelva de los sueños a la realidad carnal.

Susan Sontag en La enfermedad como metáfora reflexiona sobre el vocabulario de guerra empleado para expresar las condiciones en las que viven las personas con cáncer, palabras como “lucha” o “combate” no son más que eufemismos que orillan al enfermo a experimentar el aislamiento. 

Piedad Bonett escribe desde la experiencia de las condolencias ofrecidas: “decir que ya descansó sería incurrir en un burdo lugar común y en una ingenuidad que no se ajusta a la realidad. Esta es mucho más cruel: Daniel no descansa porque no es.”

Si ella escribe solamente una vez sobre la condición mental de Daniel, no es por temor. El trastorno esquizoafectivo de Daniel no es Daniel. Uno no es su enfermedad, pues “no hay enfermedades sino pacientes”. Sin embargo, la autora no puede alejarse de ese vocabulario bélico que implica a un Daniel que quiso resistir, que “cargó durante ocho años con una aterradora enfermedad mental que convirtió sus días en una batalla dolorosa y sin tregua”.

Daniel, dice su madre, tomó por un tiempo pastillas para el acné. Después del suicidio, Piedad Bonett investigó acerca de los efectos secundarios. Y aún así, no culpa al médico o al tratamiento: “No tiene caso increpar a nadie, no tiene caso escribir esa carta que he repasado tantas veces mentalmente: mi hijo ya murió, con su piel intacta”.

Pero no se puede prohibir a sí misma la elaboración de una hipótesis. A los diecinueve años, en el rostro de Daniel apareció un acné tardío ante el cual le recomendaron “una droga altamente peligrosa, que pone en riesgo el hígado y por tanto lo obligaba a exámenes periódicos”. Y es aquí donde hay por fin un villano: el efecto secundario. 

La pesquisa de Piedad Bonett es aterradora: “sobre aquella medicación para el acné ya se sabía en 2001 pero nadie tuvo la precaución de decirnos que «se han comunicado casos de depresión, síntomas psicóticos y rara vez intentos de suicidio».” Un caso excepcional para la medicina puede ser la vida entera de un ser humano. 

Si bien es una posibilidad, Bonett no está segura: “Me pregunto cuál pudo ser este en el caso de Daniel, y mi intuición me dice, una y otra vez, que fue la medicación contra el acné”. Empero, es clara al respetar el hecho como una decisión de su hijo: dos meses después del suicidio, el análisis forense reveló que el chico había decidido suspender el tratamiento psiquiátrico para la esquizofrenia.

Es la propia investigación y el conocimiento que tiene sobre su hijo lo que la lleva a estas reflexiones, que no conclusiones, pues estamos frente a una crónica sobre el suicidio de un joven artista y a su vez, ante un ensayo sobre esto que Camus subrayó como el único problema verdaderamente serio en la filosofía. 

Bonett se vuelve a una confesión: “la memoria siempre miente” y es por ello que no estamos propiamente ante una crónica en tiempo real, sino frente a las meditaciones que produjo su propio duelo. “El hecho de haber vivido algo, sea lo que sea, da el derecho imprescriptible de escribir sobre ello”, argumenta la colombiana.

Y es que no podía escribir una ficción sobre su dolor. Nos deja una hermosa frase a modo de disculpa: “El mundo se ha reído siempre de los locos. De Don Quijote, aunque con un fondo de ternura. De Hamlet, no sin cierta admiración. ¿Cómo podría yo, ahora, reírme de la locura?”. “Lo que no tiene nombre” no es otra cosa que un ejercicio para nombrar.

Piedad Bonett entrega una creación que continúa el legado de su hijo por un camino especial, distinto a la vereda en la que agrupamos a los personajes de Shakespeare. “El dolor pareciera, tal vez por ley compensatoria, otorgarnos derechos” dice la autora, para ella y para nosotros.

Lic. Orígenes Romero 

Licenciado en Historia por la Universidad de Guadalajara. Exatleta paralímpico (2006-2017). Interesado en la relación entre el arte y la historia. Analista literario.

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